Mi madre era una mujer tranquila; era gentil, amable y sabia. Recuerdo que siempre usaba la expresión: “Las acciones hablan más que las palabras”. Ella la utilizaba para enseñarme el valor de que demostrar algo era más auténtico que sólo decir las palabras y quizás no seguirlas o vivirlas como tal. 

                                                                                  

Esto me vino a la mente mientras estudiaba los relatos que leímos en los evangelios sobre María de Betania. Lo que hizo tuvo más impacto, incluso para nosotros hoy, que lo que dijo. Sólo la oímos hablar una vez, cuando se encontró con Jesús tras la muerte de Lázaro. Allí dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (Juan 11:32). Las palabras de María expresaban fe y confianza, incluso en su dolor y pena, y están respaldadas por una vida de entrega y devoción al Señor.                     

                                                                                           

Cuando leemos el relato de cómo María derramó el perfume a los pies de Jesús, vemos que su adoración fue intencional y costosa (Juan 12:1-11). Ella sabía que estaría en presencia de Jesús cuando éste viniera a cenar, así que vino preparada. Hay una lección aquí, también, si nos detenemos a considerar cómo, tal vez a veces, llegamos a las corridas a nuestro tiempo de lectura, para obtener rápidamente una palabra para el día, presentar nuestras peticiones en oración, y luego volvemos a salir apresuradamente a nuestras vidas ocupadas. Tal vez incluso llegamos a nuestros servicios religiosos con corazones que no están preparados para encontrarse con el Dios vivo y escuchar Su Palabra.          

                                                                             

María aportó algo precioso y sacrificado a su adoración de Jesús. Juan nos dice que ungió los pies de Jesús con un costoso aceite aromático hecho de nardo puro (Juan 12:3). Esto habría valido el salario de un año. Luego leemos que le secó los pies con sus cabellos. Estas acciones habrían estado muy fuera de lugar en la cultura de la época, pero a María no le importaba la opinión de los demás sobre ella, ni que la juzgaran o criticaran. Vivió para amar a Jesús de todo corazón y se entregó por completo ante Él.

  

La adoración de María también estaba alimentada por el agradecimiento por lo asombroso y milagroso que Jesús acababa de hacer: ¡Levantó a su hermano Lázaro de entre los muertos! La gratitud y la alabanza son una respuesta natural a esta increíble respuesta al clamor de su corazón, ya que sólo unos días antes estaba llena de tristeza y dolor.     

                                                                                                              

¿Qué hacemos entonces cuando nuestras oraciones no son respondidas de la manera que esperábamos, cuando la curación no llega, o cuando parece que Jesús no se presenta? ¿Es Él menos digno de nuestra adoración? No, por supuesto que no. No es fácil, puede que no surja de forma natural, pero cuando derramamos nuestros corazones en desesperanza y desilusión real, cruda y honesta, se convierte en un sacrificio de alabanza a Aquel que lo dio todo por nosotras. Y allí, en nuestro quebrantamiento, Jesús nos sale al encuentro y derrama el bálsamo sanador de Su presencia y Su paz, dándole a su hermosa hija rendida el divino intercambio de “una corona de belleza por las cenizas, el óleo de la alegría en lugar del luto y un vestido de alabanza en lugar del espíritu de desesperación” (Isaías 61: 3).

   

El acto de adoración de María simbolizaba más de lo que ella misma se imaginaba en ese momento, ya que ungió a Jesús “para el día de Su sepultura” (Juan 12:7), lo que Jesús explica a Judas, que protestó por la extravagante acción de María. No sabían que lo que les esperaba esa misma semana conduciría al acto definitivo de sacrificio y sumisión, cuando la vida de Jesús fue derramada en la cruz por Su gran amor por ti y por mí.

 

Detengámonos aquí, por un momento, al pie de la cruz.     

 

Inclinadas en adoración y asombro, recibiendo Su perdón y limpieza, permitiendo que Su amor incondicional y extravagante inunde nuestras almas y nos recuerde que somos Suyas. Elegidas. Rescatadas. Redimidas. Restauradas.

    

Al igual que María, podemos elegir la mejor parte y buscar la presencia de Jesús en nuestras vidas cada vez más.

    

“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y vivid en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.”  Efesios 5:1-2

 

Katie S.