¿Te ha pasado alguna vez que alguien haya hecho una promesa que parecía imposible de cumplir, pero la cumplió y mantuvo su palabra?

Recuerdo que cuando era pequeña, mi papá viajaba y me prometía traerme un artículo específico o tomar una foto frente a cierto lugar. La mayoría de las veces, él regresaba con el regalo o la foto y yo me quedaba fascinada. Desde temprana edad, mi padre demostró ser un fiel cumplidor de promesas.

A medida que fui creciendo, también experimenté el golpe aplastante cuando una promesa se rompía. Creo que todas conocemos ese sentimiento de decepción cuando nos damos cuenta de que lo que pensamos que era cierto de alguien, bueno, no lo era. Lo que me encanta del pasaje en el que nos encontramos hoy (Jeremías 31:31-37) es que es un recordatorio oportuno de que no importa qué promesas se rompan aquí en la tierra, servimos a un Dios que es un fiel cumplidor de promesas.

En Jeremías leemos acerca de cómo el Señor hizo un nuevo pacto con Su pueblo, una promesa vinculante. Ahora, para comprender completamente este nuevo pacto, es necesario saber algunas cosas sobre Jeremías. Jeremías fue conocido como el profeta sufriente porque su ministerio profético no fue fácil. A decir verdad, la mayoría de los trabajos de los profetas no fueron fáciles porque muchas veces traían la noticia del juicio de Dios a un pueblo que no se arrepentía. ¡Este fue el caso de Jeremías!

A lo largo del libro, vemos que Jeremías sigue dando advertencias, suplicando al pueblo de Dios que se arrepienta. Continuaron deslizándose hacia el pecado. Al final del libro encontramos la promesa que leemos hoy en nuestro estudio.

«Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo.»  Jeremías 31:33

¿Ves eso?

A pesar del pecado, a pesar del total desprecio de los mensajes proféticos de Jeremías, la promesa de Dios no podía romperse. ¡El pasaje dice que vendría un tiempo en que el Dios Todopoderoso haría un nuevo pacto! Nos dice que nuestro Dios bueno y fiel no está abandonando el plan redentor que Él inició. Por el contrario, donde muchas de nosotras encontraríamos motivos para abandonar el barco, Dios lo redobló e hizo un nuevo pacto con un pueblo infiel.

En Lucas 22, cuando los discípulos y Jesús participaron en la última cena, Jesús les dijo: «Esto es Mi cuerpo que por ustedes es dado… Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por ustedes.»

Hermana, el niño Jesús, nacido en un pesebre, vivió una vida perfecta, murió una muerte horrible y resucitó de la tumba para que tú y yo pudiéramos recibir este nuevo pacto y el perdón de los pecados. La sangre de Jesús derramada por ti es el nuevo pacto predicho en Jeremías 31. Es la evidencia física de que nuestro Dios es un fiel Cumplidor de Promesas que algún día corregirá todo mal. Este pacto redentor no es una promesa ordinaria: es una promesa de redimir los corazones y las mentes del pueblo de Dios; es una promesa de algún día corregir todos los males y perdonar todos nuestros pecados.

Esta temporada de Adviento, mientras esperamos ansiosas celebrar el nacimiento de Jesús, también esperamos el día en que esa promesa se cumpla en Su segunda venida. Proclamamos una y otra vez que nuestro Dios es un fiel cumplidor de promesas. Porque sabemos que servimos a un Dios que cumple Sus promesas, podemos descansar sin importar las promesas que este mundo pueda romper.

Hoy, vuelve a leer Jeremías 31:33 y tómate unos momentos para reflexionar sobre lo que este versículo significa para ti y cómo el seguir a un Dios fiel que cumple Sus promesas transforma tu corazón y tu mente durante esta emotiva temporada.

 

Brittany